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Idas, vueltas y polémicas alrededor del sable corvo de San Martín

  • Foto del escritor: Redacción Yeca
    Redacción Yeca
  • 10 feb
  • 5 Min. de lectura

El sable corvo de San Martín atraviesa dos siglos de historia argentina como una pieza incómoda: guerra, exilio, herencia, museo, cuartel, disputa política. Cada traslado no habla solamente del sable, sino del país que decide moverlo. 


En febrero de 2026, tuvo un nuevo movimiento, cuando fue retirado del Museo Histórico Nacional por decisión presidencial y trasladado al Regimiento de Granaderos a Caballo, en Palermo. El argumento fue técnico. El efecto, político.


La historia del sable se remonta a una Londres de 1811, cuando fue comprado por un joven José de San Martín, quien todavía no era el Libertador sino un militar que estaba por volver a una guerra que aún no tenía nombre definitivo. No era un arma de desfile, sino un sable curvo, incómodo para la esgrima europea, pensado para el choque rápido, para el cuerpo a cuerpo, para la decisión inmediata. Un arma que no brillaba por elegancia sino por eficacia.


Ese sable volvió con él a América y lo acompañó durante toda la guerra de la Independencia. Estuvo en las campañas, en los cruces imposibles, en los campamentos helados, en las marchas interminables. No era un símbolo en ese momento. Recién después, cuando la guerra terminó y el Libertador envejeció, ese objeto empezó a cargarse de otra cosa: memoria, gesto político, legado. Pero mientras tanto, fue un arma usada para abrir camino, para resistir, para sostener una idea de independencia que todavía estaba en disputa.


San Martín no regaló su sable. Lo legó. Que no es lo mismo. No fue un gesto sentimental ni un recuerdo familiar: fue una toma de posición. En 1844, desde el exilio y la vejez, cuando ya había elegido el silencio como forma de vida pública, dejó escrito que ese sable debía pasar a manos de Juan Manuel de Rosas.


La razón no fue personal. Fue política. San Martín elogiaba con ese gesto la firmeza con la que Rosas había sostenido el honor de la República frente a las potencias extranjeras. Por eso ese objeto cambia de sentido en el testamento. Deja de ser herramienta y se convierte en mensaje. San Martín no podía intervenir, no quería volver y no iba a polemizar, pero al entregar el sable, tomó partido sin escribir proclamas. Y dejó claro que, aun lejos y en silencio, seguía pensando la soberanía como algo que se defiende, no como algo que solamente se declama.


Rosas no lo exhibió. No lo colgó en una pared ni lo convirtió en trofeo. Lo colocó dentro de un cofre y mandó fijar en la tapa una placa de bronce donde estaba grabada la cláusula del testamento.


Cuando cayó y partió al exilio, el sable viajó con él. Cruzó el Atlántico y terminó en Southampton, lejos de la pampa, lejos del Río de la Plata, lejos incluso de la política activa. Ahí quedó, guardado como una reliquia incómoda.


Cuando Rosas murió en 1877, el sable no volvió enseguida. Pasó primero a manos de Manuela Rosas y de su esposo Máximo Terrero, que lo conservaron en Inglaterra, para luego donarlo a la Nación en 1897. Ese año, durante la presidencia de José Evaristo Uriburu, un decreto presidencial dispuso formalmente que el sable corvo legado por San Martín a Rosas —y conservado luego por sus herederos— pasara al Museo Histórico Nacional, donde quedó incorporado como patrimonio público y comenzó su larga etapa de exhibición institucional.


En 1963 el sable fue robado. Y volvió a serlo en 1965. Dos sustracciones que no fueron simples delitos contra un museo, sino golpes simbólicos sobre uno de los objetos más cargados de la historia argentina. El sable apareció, fue recuperado, pero algo se había roto: la idea de que la vitrina alcanzaba para protegerlo.


Después de esos episodios, el sable dejó el museo y pasó a custodia del Regimiento de Granaderos a Caballo. Volvió al ámbito militar, al cuerpo creado por el propio San Martín, y durante largos períodos permaneció allí, fuera del circuito museográfico, protegido pero también apartado del acceso público.


Ese antecedente no es un detalle menor. Cada vez que el sable se mueve, cada vez que se lo saca o se lo devuelve al museo, esa historia reaparece. El sable no solo carga con la memoria de la Independencia, sino también con la tensión persistente entre exhibir la historia o custodiarla, entre mostrarla como patrimonio común o resguardarla como símbolo bajo llave.


En 2015 el sable volvió a escena. No como reliquia olvidada ni como pieza de depósito, sino como objeto cargado de sentido público. Después de décadas de idas y vueltas, la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner decidió que el sable corvo regresara al Museo Histórico Nacional. 


El traslado no fue silencioso. Hubo ceremonia, custodia de Granaderos y recorrido simbólico. Antes de entrar al museo, el sable pasó por la Catedral Metropolitana, donde yacen los restos del general José de San Martín, como si necesitara atravesar una última estación ritual antes de quedar expuesto.


El decreto que ordenó el reingreso habló de exhibición permanente y de acceso público. Dijo, en términos administrativos, algo más profundo: que ese objeto no pertenecía a una fuerza ni a un gobierno, sino a la memoria colectiva. 


En febrero de 2026, el sable volvió a moverse. No por desgaste del tiempo ni por una emergencia patrimonial, sino por una decisión política del presidente Javier Milei, quien ordenó su traslado de vuelta desde el Museo Histórico Nacional al Regimiento de Granaderos a Caballo, en Palermo, C.A.B.A.


Pero el sable no es neutral. Nunca lo fue. Sacarlo del museo fue, otra vez, intervenir en su significado. Volver a colocarlo bajo custodia militar implicó desplazarlo del espacio público al espacio castrense, evidenciando cuál es la historia que se pretende subrayar.


Los herederos vinculados al legado de Rosas decidieron recurrir a la justicia, afirmando que ese objeto fue donado para estar en el Museo Histórico Nacional. Su postura fue clara: el sable no es una pieza disponible para el traslado discrecional del poder de turno. Es patrimonio público, pensado para la exhibición, el acceso y la preservación museológica. Llevarlo a un cuartel —aunque sea el de los Granaderos— implica reducir ese acceso y alterar el acuerdo histórico que permitió su ingreso al museo.


La justicia rechazó el pedido y el gesto presidencial se completó con un viaje más: el sable fue llevado a San Lorenzo, escenario de la primera batalla de San Martín, para un acto oficial encabezado por el propio Milei, donde dijo: “Esta actitud libertadora, en pos de corregir el mundo, romper las cadenas de la opresión y conquistar la libertad debe guiarnos hoy y siempre en las decisiones que tomamos como nación. Por eso, hoy también consagramos en este acto el retorno del sable corno (sic) del General San Martín al regimiento de granaderos”.


El sable corvo volvió a confirmar su destino extraño: no descansar nunca, como esa independencia que representa. El debate no es el sable, sino el uso que se hace de la historia cuando se la saca de la vitrina.


 
 
 

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