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Matt Damon, Netflix y la guerra por nuestra atención

  • Foto del escritor: Paulo Soria
    Paulo Soria
  • 2 feb
  • 4 Min. de lectura

Cuando en 2017 el CEO de Netflix, Reed Hastings, afirmó que su principal competencia no eran otras plataformas como Amazon Prime Video o HBO Max sino “el sueño”, no estaba lanzando una frase ingeniosa para titulares. Estaba formulando, sin vueltas, el eje real sobre el que hoy se organiza toda la industria audiovisual: la disputa central ya no es por el sentido de las historias, sino por el “tiempo de vigilia” del espectador.


Si el enemigo es el sueño, la respuesta del mercado no puede ser otra que intensificar el estímulo. Enganchar antes. Explicar más. Sostener el ritmo. Evitar cualquier zona muerta que habilite el abandono de la pantalla. En ese movimiento aparece un salto cualitativo respecto de otras épocas: el cine siempre se adaptó, sí, pero durante más de un siglo lo hizo para vencer a otros medios. Hoy se adapta para vencer condiciones humanas: la ansiedad y la fatiga atencional.


Las recientes declaraciones de Matt Damon ponen palabras concretas a esa transformación. El actor explicó cómo Netflix exige que los guiones repitan información clave, introduzcan escenas impactantes en los primeros minutos y refuercen las tramas desde los diálogos. No como una decisión estética, sino como una respuesta directa a la forma en que hoy se consumen las películas en el hogar.


Damon lo describe con claridad: la experiencia de mirar algo en casa es radicalmente distinta a la de una sala de cine. Se mira con las luces prendidas, mientras pasan otras cosas alrededor, con chicos corriendo, perros dando vueltas, notificaciones sonando. Es un nivel de atención diferente, incluso menor al que alguien es capaz de sostener. Y ese cambio tiene un efecto directo en cómo se hacen las películas.


Durante décadas, explica Damon, la estructura estándar del cine de acción se apoyaba en tres grandes secuencias: una en el primer acto, otra en el segundo y la más grande en el tercero, donde se concentraba el mayor presupuesto y el clímax emocional. Hoy ese modelo se altera. Ahora se pide una gran secuencia en los primeros cinco minutos para “enganchar a alguien”. Se sugiere repetir la trama tres o cuatro veces en los diálogos porque el espectador está con el celular mientras mira. El objetivo es claro: que no se vaya.


Para entender por qué este cambio resulta tan profundo, conviene mirar hacia atrás. El cine siempre se adaptó. Cuando nació, a fines del siglo XIX, fue una atracción de feria, un truco visual. Luego aprendió a contar historias. Más tarde se industrializó, creó estrellas, géneros y rituales colectivos. Cada etapa fue una respuesta directa a un contexto tecnológico, social y cultural.


La radio obligó al cine a hablar. El sonido no fue solo una mejora técnica, sino una estrategia para competir con un medio que dominaba la vida doméstica. La televisión, a su vez, obligó al cine a agrandarse: llegaron las pantallas más grandes, el color, el 3D, el espectáculo como promesa. El cine ofrecía algo distinto: una experiencia que no entraba en el living.


Más tarde, el VHS y el DVD llevaron el cine justamente a ese living. La respuesta fue el blockbuster: impacto, emoción clara, espectáculo pensado para verse en casa pero también para justificar la salida al cine. El cine se volvió un evento que primero se vivía en la sala y luego se repetía en la comida familiar, pero todavía se trataba de vivir las historias de una manera reconocible, con principios, desarrollos y finales.


El streaming introduce un quiebre distinto. Ya no cambia solo el lugar donde se ve una película, sino la forma en que se mide su éxito. La taquilla deja de ser el único indicador. En su lugar aparecen métricas internas: retención, completitud, abandono. El guion empieza a escribirse no para conmover, incomodar o sorprender, sino para que nadie se vaya antes de tiempo.


Ahí es donde la frase de Reed Hastings cobra todo su peso. El problema ya no es otra película ni otra forma de ver esa misma película. Pero también, a ese enemigo es biológico, ahora se suma el de la ansiedad y la atención dispersa. Y frente a eso, la adaptación de la industria se vuelve más explícita que nunca.


En esta lógica, “qué se cuenta” y “cómo se cuenta” corren el riesgo de volverse secundarios frente a una sola pregunta: “cuánto tiempo te quedás”. La crítica, la interpretación, la incomodidad productiva —todo aquello que suponía un espectador activo— se desplaza frente a un modelo que imagina al público como un cuerpo expuesto a varias pantallas, a varias fuentes de luz y sonido, intercambiables y simultáneas.


No se interpela al espectador: se lo retiene. No se le propone un recorrido de sentido: se lo mantiene despierto. La adaptación nunca fue tan clara. Ya no se trata de hacer una obra que valga por lo que dice o por cómo lo dice, sino de diseñar un dispositivo que funcione contra el abandono.


El cine siempre se transformó, pero nunca había renunciado tanto al sentido para ganar permanencia. Hoy somos considerados espectadores pasivos, y pareciera que ya no importa qué historia vemos, sino qué pantalla logra provocarnos más ansiedad, más estímulo, más resistencia al sueño. En esa batalla silenciosa por nuestra atención, el cine dejó de competir con otros relatos y empezó a competir con nuestro propio cuerpo.


Y quizás ese sea el cambio más profundo de todos.


 
 
 

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